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DISCEPOL�


DISCEPOLÍN
Letra de Homero Manzi 
Musica de Aníbal Troilo

José Gobello: Conversando tangos. Buenos Aires: A. Peña Lillo Editor, 1976.

Homero Manzi murió el 3 de mayo de 1951. Enrique Santos Discépolo, ocho meses 
más tarde, el 26 de diciembre de ese mismo año. La muerte de Discépolo fue 
inesperada; la de Manzi, estaba siendo anunciada por su larga enfermedad. En los 
últimos días de su vida, en el sanatorio donde esperaba la muerte, Manzi 
escribió dos poemas muy distintos. Uno de ellos quedó inconcluso. Se llama El 
último viaje de Quiroga. Manzi alcanzó a escribir veintidós cuartetas sobre el 
mismo tema que Borges -un Borges juvenil y lleno de patria- había tratado 25 
años antes en El general Quiroga va en coche al muere (1); pero Manzi no pudo 
dar el tono fatídico ni la dimensión cósmica de los versos de Borges. El otro 
poema escrito por Manzi en vísperas de su muerte es Discepolín. Éste es, de 
lejos, el mejor de cuantos poemas dejó escritos el autor de Sur. El poema se lo 
dictó por teléfono a Aníbal Troilo, y Troilo lo convirtió en un tango memorable. 
Discépolo alcanzó a escucharlo y, como ya andaba con ganas de morirse, debe de 
haberle sonado coma una oración fúnebre.

Manzi muestra en ese poema, o en ese tango, al verdadero Discépolo; por lo 
menos, al Discépolo de aquellos años. Lo muestra, sobre todo, en dos versos 
tremendos: 

conozco de tu largo aburrimiento
y comprendo lo que cuesta ser feliz. 

A veces se presenta a Discépolo como a un filósofo, como a un ideólogo, como a 
un gladiador solitario en lucha contra la subversión de los valores; pero sólo 
un poeta puede descender al alma de otro poeta, y Manzi, enfrentado ya a la 
muerte, hizo su expedición al alma de su amigo y no encontró allí los arrestos 
de un luchador, sino apenas un largo aburrimiento.

No es extraño: la de Discépolo era un alma superior acorralada en un paraje 
inhospitalario: el de esa mezcla de bohemia y de egoísmo que es la noche, en el 
sentido que la palabra noche -la cheno- tiene para el nochero de Buenos Aires. 
Manzi describe, con su habitual procedimiento enumerativo, pero también con una 
ternura y una melancolía que embargan, la desolación de la noche:

Sobre el mármol helado, migas de medialuna 
y una mujer absurda que come en un rincón; 
tu musa está sangrando y ella se desayuna: 
el alba no perdona, no tiene corazón..

Manzi va a dejar ese mundo ambiguo, que fue el suyo, y donde su espíritu, 
también superior, se sentiría como exiliado (2)... Pero no quiere irse solo y, 
proféticamente, escribe:

¿No ves que están bailando...? ¿No ves que están de fiesta...?
Vamos, que todo duele, ¡viejo Discepolín!

Ocho meses más tarde, Discépolo decidió aceptar la invitación y lo siguió...

1. El poema de Borges, incluido en Luna de enfrente (1925) es el que comienza: 

El madrejón desnudo ya sin una sé de agua
y la luna atorrando por el frío del alba
y el campo muerto de hambre,
pobre como una araña. 

Tal es la lectura que mantuvo en su antología titulada Poemas (1943). En sus 
Obras completas (1974), con impensable prurito de asepsia lingüística , cambió 
sé por sed y la luna atorrando por una luna perdida. Otras modificaciones, que 
no mejoran el poema, pueden encontrarse en la sexta estrofa: en ella mudó 

sables a filo y punta menudearon sobre él:
muerte de mala-muerte se lo llevó al riojano, 

por

hierros que no perdonan arreciaron sobre él;
la muerte, que es de todos, arreó con el riojano.

2. En un poema titulado Treinta años, que firmó en Añatuya el 3 de noviembre de 
1937 y que no registró Horacio Salas en su Homero Manzi-Antología ( 1968 ) Manzi 
decía a su mujer:

Volví a la convivencia de la barriada burda.
Dejé perder la gloria de mi destino grande. 
Tomé la calle angosta y le canté a la luna 
y la gente del barrio se detuvo a escucharme.

Manzi tuvo siempre la convicción de que había sacrificado a la canción popular 
una brillante carrera literaria. Aunque sus poemas no comerciales no invitan a 
compartir aquella convicción, la registro para explicar por qué debía de 
considerarse un exiliado en el país de los tangueros.

NOTA DE EDUARDO ROMANO

Fue grabado por la orquesta de Aníbal Troilo con Raúl Berón, en el sello T.K. 
(1951); también por Francini-Pontier con la voz de Héctor Montes, en sello 
Víctor (5/51), y por Osvaldo Fresedo cantando Héctor Pacheco, en Columbia (1951 
), entre otros.
	
Fue escrito por Manzi en el sanatorio, en los últimos días de su vida. Lo 
terminó en mayo de 1951, como un homenaje al gran artista y amigo Enrique Santos 
Discépolo, zaherido en aquel momento por quienes le reprochaban su prédica 
política en las charlas radiofónicas "Pienso y digo lo que pienso", donde 
encarnaba a su personaje "Mordisquito".

Homero, telefónicamente, le recitó los versos a su entrañable amigo Aníbal 
Troilo, una medianoche en marzo de 1951. Esa misma noche "Pichuco" terminó la 
música. Discépolo lo escuchó por primera vez en el cabaret "El colonial", 
interpretado por Alba Solís.

Sobre el mármol helado, migas de medialuna 
y una mujer absurda que come en un rincón; 
tu musa está sangrando y ella se desayuna: 
el alba no perdona, no tiene corazón.
Al fin, ¿quién es culpable de la vida grotesca 
y del alma manchada con sangre de carmín? 
Mejor es que salgamos antes de que amanezca, 
antes de que lloremos, viejo Discepolín...

Conozco de tu largo aburrimiento
y comprendo lo que cuesta ser feliz, 
y al son de cada tango te presiento 
con tu talento enorme y tu nariz. 
Con tu lágrima amarga y escondida, 
con tu careta pálida de clown
y con esa sonrisa entristecida
que florece en verso y en canción.

La gente se te arrima con su montón de penas 
y tú las acaricias casi con temblor;
te duele como propia la cicatriz ajena; 
aquél no tuvo suerte, y ésta no tuvo amor.
La pista se ha poblado al ruido de la orquesta: 
se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín.
¿No ves que están bailando?... ¿No ves que están de fiesta? 
Vamos, que todo duele, viejo Discepolín...

Colaboración enviada por: Ana Laura
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