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EL ULTIMO CAF�
EL ULTIMO CAFÉ
Letra de Cátulo Castillo
Musica de Héctor Stampone
Compuesto en 1963
Este tango gano el primer premio de un concurso organizado por la
firma Odol. Neva discografia de Julio Sosa; Rene y Daniel; Susana
Rinaldi; Jorge Sobral.
José Gobello: Conversando tangos. Buenos Aires: A. Peña Lillo Editor, 1976.
Este tango, de Cátulo Castillo y Hector Stamponi, es un tango de
concurso; del primer concurso organizado, con mucho ruido, por la
compañía Odol, en diciembre de 1963. Lo cantó entonces, para
presentarlo a ese certamen, Raúl Lavié, pero un par de días antes lo
había grabado la orquesta de Héctor Várela con el cantor Ernesto
Herrera.
El café de este tango nada tiene que ver con los cafetines a los que
el protagonista de Amurado iba a buscar felicidad, ni con el cafetín
de Buenos Aires, de Discépolo. Se trata del café del pocillo, de la
infusión. Pero tampoco ese tema era nuevo: para entonces Manzi y
Malerba lo habían sumado al tango en Mi taza de café, que cantó
Libertad Lamarque. Por lo demás, el paisaje de estas dos
composiciones -la de Cátulo y la de Manzi- es el mismo: el otoño y la
tarde lluviosa. Son tangos melancólicos y existe una convención según
la cual las cosas tristes deben ocurrir en otoño o en invierno, como
si también las desgracias veranearan. Sin embargo, la supeditación
de los sentimientos al almanaque no es invento del tango. Basta
recordar a Verlaine para darse cuenta de que no lo es: los largos
sollozos de los violines del otoño hieren mi corazón de una languidez
monótona.
Cuando se estrenó este tango hubo de suscitarse una polémica que aún
perdura. La polémica trataba de lo que ahora podríamos llamar el
aggiornamento del tango. Entonces algunos propiciaban un tango
desprovisto de color local, que pudiera llegar a la sensibilidad de
todos los públicos de habla española (ahora habría que decir que
impactara, pero este verbo boxístico aún no estaba de moda). Es
decir, que no se habría tratado de llevar un mensaje porteño a los
países hermanos sino, simplemente, de captar un mercado. El problema
no era artístico, ni tanguístico: era un problema de marketing.
En realidad, ese problema se lo había planteado ya Alfredo Le Pera
treinta años antes, o en todo caso se lo habían planteado los
productores de las películas que escribía Le Pera. Y éste lo había
resuelto casi siempre bastante bien y a veces muy bien. Por ejemplo,
en Cuesta abajo lo había resuelto admirablemente. Con una historia
que lo mismo podía haber ocurrido en Nueva Pompeya y en Hong Kong y
sin una sola palabra lunfarda, Le Pera escribió un tango que sólo
podía haber sido escrito en la Argentina. Porque cosas como bajo el
ala del sombrero, cuesta abajo en mi rodada o por seguir tras de tu
huella, difícilmente podrían escribirse en otra parte. Es claro que
también Le Pera se bandeó a veces y resbaló a las locas fontanas de El
día que me quieras; pero esos resbalones son la excepción. Lo que
quiero decir es que, si con talento y equilibrio puede intentarse un
tango for export, no debería desvirtuarse al tango -abolerándolo, por
ejemplo; que es lo que ocurrió, no sé si deliberadamente, en El último
café-; que no debería desvirtuárselo por consideraciones de mecado;
que no deberían censurarse sus letras lunfardas o el aire compadrito
de su música por la sola razón de que, sin esas letras y sin ese aire,
le resulta más fácil recaudar derechos en el exterior. De todas las
censuras, ninguna me parece tan despreciable como la impuesta por la
venalidad.
Todo esto, en el supuesto caso de que un tango despersonalizado, de
que un tango escrito en esperanto o en castellano básico realmente
guste más en el exterior. Sus grandes éxitos los obtuvo Gardel en
España y en Francia con tangos de contenido y de lenguaje muy
porteños. Y me explico que haya sido así, porque el lunfardo ha de
agregar al tango, en el extranjero, el encanto de lo exótico. Y si no
se entiende lo que dice el cantor, ello no importa demasiado, puesto
que las cosas que dice el tango son menos para ser entendidas que para
ser sentidas, y el que no empieza sintiéndolas difícilmente termine
entendiéndolas. Y esto ha de ser válido para toda música; quizá para
toda expresión artística. Y si no, allí andan esos reos disfrazados
de hippies, tarareando a los Beatles en un inglés de 33 revoluciones
y un tercio. ¿O nos van a hacer creer que entienden el inglés?
NOTA DE EDUARDO ROMANO
Fue grabado por José Basso con la voz de Jorge Duran, en el sello
Music-Hall (1963); por Hugo del Carril, con acompañamiento de
orquesta, en Odeon (7/64); también por Juan D'Arienzo con la voz de
Jorge Valdés, en sello Víctor (1964); por Julio Sosa con Leopoldo
Federico, en CBS (61/64); por Roberto Goyeneche con orquesta
Baffa-Bellinghieri, en Víctor (9/68); por Fulvio Salamanca con Julio
Rodolfo, en sello Pathé (1968), y por Susana Rinaldi con
acompañamiento de Juan Carlos Cuacci (en LP titulado "A Cátulo"),
sello Trova (1973), entre otros. Obtuvo el primer premio en el
Concurso de Tango organizado por la empresa "Odol", en 1963.
Llega tu recuerdo en torbellino.
Vuelve en el otoño a atardecer...
Miro la garúa y mientras miro
gira la cuchara de café...
Del último café
que tus labios con frío
pidieron esa vez
con la voz de un suspiro...
Recuerdo tu desdén,
te evoco sin razón,
te escucho sin que estés:
"Lo nuestro terminó",
dijiste en un adiós
de azúcar y de hiel...
Lo mismo que el café,
que el amor, que el olvido,
que el vértigo final
de un rencor sin por qué...
Y allí con tu impiedad,
me vi morir de pie,
medí tu vanidad,
y entonces comprendí mi soledad
sin para qué...
Llovía, y te ofrecí el último café.
Colaboración enviada por: mandel
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