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EL CACHAFAZ


EL CACHAFAZ
Letra de Ángel Gregorio Villoldo
Musica de Manuel Gregorio Aróztegui

Es bien sabido que el uruguayo Manuel Gregorio Aróztegui dedicó su tango El 
cachafaz al actor Florencio Parravicini quien, por aquellas años -1913- ya era 
famoso y también bastante cachafaz. La gente, empero, asignó la dedicación a El 
Cachafaz propiamente dicho, don Ovidio José Bianquet (1), a tal punto que don 
Ángel Villoldo compuso una letra inspirada en el gran bailarín para ser cantada 
con la música de Aróztegui. Es inevitable, en consecuencia, que el tango El 
cachafaz nos recuerde al bailarín, y no al histrión.

El Cachafaz murió el 7 de febrero de 1942, a las 23,15. Hay un estupendo cuadro 
de Sigfredo Pastor, ilustración de un poema de Juan Bautista Devoto, en que se 
lo ve a Bianquet bailando con la muerte. Lo cierto es que El Cacha había 
concluido su número en el recreo El Rancho Grande, de Mar del Plata, con su 
compañera Carmencita Calderón, cuando se indispuso. Poco después moría, a los 56 
años; a una edad en que ya entonces se era joven. Carmencita fue su última 
compañera, o partenaire. La habían precedido Emma Boveda -entre 1910 y 1929-, 
Elsa O'Connor (que fue brillantísima actriz del teatro y del cine) e Isabel San 
Miguel.

Quizá haya tres circunstancias relacionadas con Bianquet y susceptibles de 
aclaración. En primer término, la de que todo el mundo lo llamara Benito. Éste -
Benito- no era su nombre de confirmación sino un sobrenombre. La cosa fue que, 
por una travesura de barrio -un vidrio roto de una pedrada, probablemente-, un 
agente de la policía llega a la casa de los Bianquet, en La Rioja al 400, en 
busca del chiquilín. "Mi hijo es buenito", dijo al chafe la madre de futuro 
Cachafaz. El vigilante entendió Benito e informó a la seccional que el vidrio lo 
había roto un chico llamado Benito Bianquet. Desde entonces, el nombre Ovidio 
quedo desplazado por Benito.

En segundo término, ¿por qué lo llamaban El Cachafaz? Simplemente porque, un 
poco más crecidito, le daba por propasarse con algunas vecinitas. Una de ellas 
se quejó al padre y éste bramó: "Mi hijo es un cachafaz".

Y en tercer término, el apellido. Muchas veces, en los periódicos de época, 
aparece transformado en Biancheti. Esto no es sino consecuencia de un fenómeno 
que los lingüistas llaman defecto de audición: éramos tantos los gringos que 
Bianquet -apellido francés- tenía que sonar forzosamente Biancheti -apellido 
italiano-.

El Cacha comenzó a bailar de chiquilín. En 1911 ya era lo bastante buen bailarín 
y lo bastante entrador como para conseguir una protectora que lo llevara a 
Estados Unidos y a España. Para entonces ya había protagonizado el célebre 
entrevero con el pardo Santillán, bailarín de Palermo que había caído al Hansen 
con su barra. Como se sabe, hubo un áspero duelo de cortes y quebradas y El 
Cachafaz derrotó a El Pardo. Fatalmente, debía comenzar entonces otro duelo 
porque, como dijo Borges, hablando de otra cosa, o de la misma cosa, porque todo 
es uno, tango que he visto bailar / contra un ocaso amarillo / por quienes eran 
capaces / de otro baile, el del cuchillo... Las competencias entre bailarines de 
tango solían concluir a cuchilladas, según registran las crónicas de aquellos 
tiempos de armas llevar. Pero aquella noche no hubo tajos porque El Paisanito, 
un pesado de la barra de El Cacha, cuando vio que la guerra se acercaba, sacó el 
cuchillo de la sisa y lo arrojó a la pista clavándolo de punta. El gesto 
significaba una declaración de hostilidades, pero el ejército de El Pardo dio la 
espalda al enemigo.

Después de aquel viaje al exterior comenzaron los certámenes y concursos y El 
Cacha se fue imponiendo a los grandes bailarines de entonces: Francisco Ducasse, 
Juan Carlos Herrera, Elías Alippi, Casimiro Aín, el tano José Giambuzzi, apodado 
El Tarila. El hombre oficiaba de pintor de brocha gorda (no de carrero, o 
cochero, como se ha dicho), pero en realidad vivía del tango y, por supuesto, de 
tirar el carro. En 1913 brilló en el concurso del Palace Theatre (2) y en 1914 
ganó el que el barón De Marchi organizó en el Parisien (calle Lavalle, casi 
Esmeralda, junto a la que fue casa de Dardo Rocha). Fue De Marchi quien lo 
introdujo en la high life para que impartiera lecciones de tango a doña Zelmira 
Gainza de Paz y a don Matías Sánchez Sorondo, entre otros. Su biografía incluye 
aún un fugaz viaje a París, a donde fue para bailar en El Garrón, con Manuel 
Pizarro y el vasco Aín; pero no resistió el clima y regresó a los dos meses.

Más bien fiero, picado de viruelas como El Tigre Millán, pero alto y bien 
plantado, El Cachafaz señoreó sobre las mujeres y sobre las pistas (en un 
ambiente, es claro, donde el príncipe azul no se parecía a Rodolfo Valentino). 
Cuando comenzó a bailar, ya habían desaparecido los intuitivos de las academias 
que hacían del baile una mera gimnasia y, a veces, una gimnasia procaz. Ya el 
tango-baile adolecía, para los días de El Cacha, de aquella gran languidez que 
quiere la letrilla: Dicen que el tango es una gran languidez / y que por eso lo 
prohibió Pío X. De todos modos, él, El Cacha, asumió aquel tango que se había 
abierto camino en el mundo y lo refinó lo bastante para que las señoras de la 
sociedad pudiera bailarlo el sábado sin tener que ir a confesarse el domingo.

1. "...El Cachafaz dedicado al famoso bailarín Benito Bianquet, más conocido por 
el apodo que le sirvió a Manuel para bautizar su tango." Héctor Bates y Luis J. 
Bates, "La historia del tango", 1936, pág. 98.

El cachafaz es un tipo
de vestir muy elegante
y en su presencia arrogante
se destaca un gran señor.

El cachafaz donde quiera
lo han de encontrar muy tranquilo
y si saca algun filo
se convierte en picaflor...

{se repite la 1ra parte, 2da parte libre}

El cachafaz, bien lo saben
que es famoso bailarin
y anda en busca de un festin
para así florearse mas.

El cachafaz cae a un baile
recelan los prometidos,
y hasta tiemblan los maridos
cuando cae el cachafaz.

El cachafaz, cuando cae a un baile
se larga; pero muy de parada
y no respeta a las casadas
y si es soltera, mejor.

Con mil promesas de ternura
les oferta, como todos, un mundo de grandeza
y nadie sabe que la pieza no ha pagado
y anda en su busca afligido el acreedor.

Colaboración enviada por: gaucho . belga
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